13/1/18

Teoría King Kong

De Virginie Despentes
Fragmento del tercer capítulo: Imposible violar a una mujer tan viciosa


(...) Pensar por primera vez en la violación de una manera nueva. El tema había sido tabú hasta entonces, tan minado que no nos permitían decir otra cosa que "qué horror" y "pobres chicas".
Por primera vez, alguien valoraba la capacidad de recuperación de una violación, más que de largar un florilegio de traumas de forma condescendiente. Desvalorización de la violación, de su alcance, de su resonancia. Eso no anulaba nada de lo que había pasado ni borraba nada de lo que habíamos aprendido aquella noche.

Camille Paglia es, sin duda, la más controvertida de todas las feministas americanas. Propone pensar en la violación como un riesgo inevitable, inherente a nuestra condición femenina. Una libertad increíble de des-dramatización. Sí, habíamos salido afuera, a un espacio que no era el nuestro. Sí, habíamos sobrevivido en lugar de haber muerto. Sí, estábamos en minifalda solas sin un tío que nos acompañara, de noche, sí, habíamos sido idiotas, y débiles como las niñas aprenden a serlo cuando las agreden. Sí, eso nos había ocurrido a nosotras, pero por primera vez comprendíamos lo que habíamos hecho: habíamos salido de casa, porque en casa de papá y mamá no pasaba nada interesante. Habíamos corrido el riesgo, habíamos pagado el precio, y más que sentir vergüenza por estar vivas podíamos decidir levantarnos y recuperarnos lo mejor posible. Paglia nos permitía imaginarnos como guerrilleras, no tanto responsables personalmente de algo que nos habíamos buscado, sino víctimas ordinarias de algo que podíamos esperar cuando se es mujer y se quiere correr el riesgo de salir al exterior. Ella es la primera que había sacado la violación del horror absoluto, de lo no dicho, de lo que no debe ocurrir nunca. Ella hacía de la violación una circunstancia política, algo que debíamos aprender a encajar. Paglia cambiaba todo: ya no se trataba de negar, ni de morir, se trataba de vivir con.

(...) Porque en la violación siempre es necesario probar que no estábamos realmente de acuerdo. La culpabilidad metida a una atracción moral no enunciada, que hace que todo recaiga siempre del lado de aquella a la que se la meten más que del lado del que la mete.

(...) Nunca oímos en el telediario hablar de chicas, solas o en banda, que arrancan la polla del violador con los dientes durante la agresión, que les buscan después para vengarse, o que les dan una hostia. Esos ejemplos existen únicamente en las películas hechas por hombres.

Cuando los hombres ponen en escena personajes femeninos, rara vez suele ser para intentar comprender sus vivencias o lo que ellas sienten como mujeres. Es más bien para poner en escena su sensibilidad de hombres en un cuerpo de mujer. Vemos cómo los hombres reaccionarían frente a la violación si estuvieran en el lugar de las mujeres. Un baño de sangre, de una violencia despiadada. El mensaje que nos dirigen queda claro: ¿Por qué vosotras no os defendéis más violentamente? Lo que resulta sorprendente, efectivamente, es que no reaccionemos de ese modo. Una empresa política ancestral, implacable, enseña a las mujeres a no defenderse. Como siempre, doble obligación: hacernos saber que no hay nada tan grave, y al mismo tiempo, que no debemos defendernos, ni vengarnos. Sufrir y no poder hacer nada más. Una escapada de Damocles entre las piernas.

Pero las mujeres sienten aún la necesidad de afirmar: la violencia no es la solución. Por tanto, el día que los hombres tengan miedo de que les laceren la polla a golpe de cúter cuando acosen a una chica, seguro que de repente sabrán controlar mejor sus pasiones "masculinas" y comprender lo que quiere decir "no". Yo habría preferido, aquella noche, ser capaz de dejar atrás lo que habían enseñado a mi sexo y degollarlos a todos, uno por uno. En lugar de vivir como una persona que no se atreve a defenderse, porque es una mujer y la violencia no es su territorio, como si la integridad física de un hombre fuera más  importante que la de una mujer.

Durante la violación, llevaba en el bolsillo de mi cazadora una navaja. Una navaja que yo sacaba con bastante facilidad en esa época globalmente confusa. Me había acostumbrado a ella, a mi manera había aprendido a usarla. Esa noche, la navaja se quedó escondida en mi bolsillo y la única idea que me vino a la cabeza fue: sobre todo que no la encuentren, que no decidan jugar con ella. Ni siquiera pensé en utilizarla. Desde el momento en que comprendí lo que nos estaba ocurriendo, me convencí de que ellos eran los fuertes. Luego me he dado cuenta de que mi reacción habría sido diferente si hubieran intentando robarnos las cazadoras. Yo no era temeraria, pero sí bastante inconsciente. En ese momento preciso me sentí mujer, suciamente mujer, como nunca me había sentido antes y como nunca he vuelto a sentirme después. No podía hacer daño a un hombre para salvar mi pellejo. Era el proyecto mismo de la violación lo que hacía de mí una mujer, alguien esencialmente vulnerable. Se domestica a las niñas para que nunca hagan daño a los hombres, y las mujeres las llaman al orden cada vez que se saltan esa regla. A nadie le gusta saber hasta qué punto es un cobarde. Nadie quiere sentirlo en su propia piel. No estoy furiosa contra mí por no haberme atrevido a matar a uno de ellos. Estoy furiosa contra una sociedad que me ha educado sin enseñarme nunca a golpear a un hombre si me abre las piernas a la fuerza, mientras que esa misma sociedad me ha inculcado la idea de que la violación es un crimen horrible del que no debería reponerme. Sobre todo, me da rabia que frente a tres hombres, una escopeta y atrapadas en un bosque del que no podíamos escapar corriendo, hoy todavía me sienta culpable por no haber tenido el coraje de defendernos con una pequeña navaja.

(...) Post-violación, la única actitud que se tolera es volver la violencia contra una misma.

Nos obstinamos en hacer como si la violación fuera algo extraordinario y periférico, fuera de la sexualidad, evitable. Como si concerniera tan solo a unos pocos, agresores y víctimas, como si constituyera una situación excepcional, que no dice nada del resto. Cuando, por el contrario, está en el centro, en el corazón, en la base de nuestra sexualidad. Rito de sacrificio central, está omnipresente en el arte, desde la antigüedad su representación en los textos, la escultura, la pintura es una constante a través de los siglos. En los jardines de París y en los museos, vemos representaciones de hombres forzando a mujeres. En Las metamorfosis de Ovidio parece que los dioses pasan el tiempo queriendo tirarse a mujeres que no están de acuerdo, consiguiendo lo que quieren por la fuerza. Fácil, para los que son dioses. La condición femenina, siempre culpables de lo que nos hacen, criaturas a las que responsabilizan del deseo que ellas suscitan.

(...) Desde hace veinte años, cada vez que creo haber acabado con ello (el recuerdo de la violación), vuelvo. Para decir cosas diferentes y contradictorias. Novelas, historias cortas, canciones, películas. Imagino siempre que un día podré acabar con ello. Liquidar el evento, vaciarlo, agotarlo.
Imposible. Es fundacional. De lo que soy como escritora, como mujer que ya no es exactamente una. Es al mismo tiempo lo que me desfigura y lo que me constituye.