16/10/16

Dos soledades (relato)

Sus ojos, como dos universos siendo consumidos por los agujeros negros de sus pupilas, me observan, consumiendo cada estrella, cada gota de luz, los gritos de incontables muertes que no tenían escapatoria, condenados a un bucle de destrucción tras cada parpadeo, tan ligero como la bruma, tan letal como el veneno.

No soy capaz de asegurarme a mí misma que solo sea una mirada, me siento atrapada y confusa. Temo respirar, temo moverme, temo provocar a esta fuerza salvaje que me observaba, que me traspasa con su mirada, que me acaricia por dentro de la piel con ella; siento su calor como lava derramándose por mis venas. Le observo, intuyo una silueta masculina entre la oscuridad y las sombras que le rodean y le acarician entremezclándose, parece incontenible. Siento mi alma temblar de miedo a la vez que empuja contra mi pecho por el deseo de ser absorbida por esa mirada, pero la inmovilidad me contiene de huir o lanzarme a los brazos de la muerte.

¿Estoy soñando? ¿Estoy muerta ya? No hay nada más que oscuridad a mi alrededor y él, más denso, más profundo, como un diamante tenebroso que destella oscuridad propia ondulando como el reflejo de la luna sobre el mar. No hay nada más, ni una respiración entre mis labios, no siento nada más allá de su mirada, apenas recuerdo mi nombre si consigo esforzarme. ¿Cuánto tiempo llevamos mirándonos? Solo siento ligeramente la oscuridad contra mi piel, como una sensación indescriptible de algo que es todo y no es nada al mismo tiempo. Así que estoy muerta.

- Solo estás soñando, tu cuerpo sigue en tu cama, tu consciencia está aquí conmigo.

La voz retumba dentro de mi cabeza, el susurro de una voz grave y forzada como si hubiera sido olvidada. Mis ojos consiguen huir del hechizo de su mirada al notar una ligera sonrisa en su rostro, tras una ondulación de sombras. Intento mover los labios pero no responden así que solo pienso, si está en mi mente podrá escucharme. ¿Eres real?

- Soy tan real como el universo, con tu carne, como todo lo que existe tenga o no forma, tenga o no nombre.
- ¿Por qué estoy aquí? – Me alegro de no tener que usar la voz y exponerme con el temblor del miedo.
- Por el único motivo por el que existe y sucede cualquier cosa, porque yo lo quiero.
- No lo entiendo. – Siento mi mente también a oscuras.
- Pero hay cosas que sí entiendes, no me has preguntando qué soy.
- Lo eres todo. – Mi mente se estremece al pronunciarlo.

Observo sus labios moviéndose, expandiéndose lentamente de la sonrisa a una mueca, como un depredador relamiéndose. Y la oscuridad empieza a moverse, se acerca hacia mí como dejándose arrastrar. O tal vez no necesite moverse y sea a mí a quien arrastra hacia él, tal vez es el universo entero lo que mueve a su antojo. Cuanto más se acerca más consciente soy de su cuerpo y de las volutas de humo que desprende y se pegan a mi piel como una caricia fría, gélida, helada, que me duele y me calma. Solo entonces consigo ser consciente de mí misma y de mi cuerpo desnudo siendo cubierto por su oscuridad.

El frío aumenta y se convierte en esquirlas de hielo clavándose en mi piel pero cuando noto su cuerpo pegarse al mío, por fin, su piel contra la mía, tan real como mi miedo convirtiéndose en deseo, consigo dejar de sentir dolor. Fuego de tinieblas me calienta desde fuera hacia dentro, desde cada centímetro de cuerpo pegado al suyo hasta las entrañas y rincones de mí misma que no conocía. Pero solo me roza y no puedo moverme, no puedo apretarme contra él y buscar el escondite perfecto en cada centímetro de su piel. Mi consciencia desfallece, anhelante, desesperada, animal. He olvidado por completo mi nombre y siento que si se aleja me descompondré en pedazos y moriré. Y si no lo hace puede que también muera pero no me importa.

- Llevo demasiado tiempo solo, lo siento. – No me importa la tristeza que brilla en su mirada, solo necesito calmar este dolor palpitante, casi no escucho su voz entre mis quejidos. – Tienes que darme permiso, entrégate a mí.

Tengo que pensar, sé que hay algo que tengo que decir, calmará el dolor, piensa, piensa. Siento miedo, te odio ¿Qué me has hecho? ¿Por qué necesitas permiso si el universo es tuyo? Solo es un juego, solo quieres humillare, sádico, pobre Dios solitario entre humanos que pierden la fe. Calma mi dolor, te necesito, no me destruyas. En medio de la espiral de dolor y locura consigo encontrar las palabras que necesita. Mis labios se mueven al pronunciarlas, mi voz se extiende por el infinito como una promesa eterna, como una condena.

- Soy tuya.

Tal vez se consuele pensando que si tiene mi permiso podrá hacer conmigo lo que quiera y sentirse en paz consigo mismo pase lo que pase. Porque tras la niebla de mi mente, tras la locura y el deseo, tras su mirada, tras mi consciencia confusa, tras mi aceptación por desesperada necesidad, siento el peligro como un ser más que nos acompaña.

Y mis palabras liberan a la bestia. Un rugido retumba en su pecho y antes de que pueda gritar su boca se apodera de mis labios y me invade su lengua. Es más cálida de lo que imaginaba y dulce, su saliva es como almíbar. Se bebe mis gemidos mientras sus manos acarician todo mi cuerpo y otras bocas reclaman mis pezones entre sus dientes y una lengua me recorre entre las piernas. Debería sentir terror pero por un segundo que se expande me siento a salvo calmando el dolor con placer. Me abraza y me besa por todo el cuerpo a la vez y sus gemidos hacen vibrar la oscuridad que nos rodea, que nos engulle, también la noto entre mis piernas y entrando en mi boca con su lengua. Lo respiro, me posee, me inunda, saboreo su poder, la vida y la muerte, y mis lágrimas. En el instante que entra dentro de mí sé que nunca volveré a estar completa sin él.



* relato inspirado en Los cien mil reinos de N.K.Jemisin
* no aseguro que tenga continuación