1/8/16

Fragmento de mi novela. Capítulo 8

 

...No quiero ser víctima de nadie, menos de mí misma, pero el mundo no está preparado para las personas como yo, o nosotras para el mundo. Las personas rotas y frágiles por dentro que jamás podrán adaptarse y encajar. Supongo que entonces la culpa queda en empate, pero sigo llevando yo toda la carga y a veces me supera. Si pudiera tener un descanso... pero no hay descansos en la vida.

Hay días que siento que me arde por dentro este malestar, este no querer estar aquí, la pulsión de salir corriendo, la necesidad de hacer lo que de verdad quiero, de estar tranquila leyendo y escribiendo, de no ser una esclava de la sociedad y poder vivir mi vida como quiera y me haga feliz. Es un fuego doloroso que a veces me deja helada.

Pero parece que dedicar tu vida al arte es cosa de vagos, o alcanzas el éxito o es imposible vivir de ello, vivir para ello. Se nos ha olvidado lo importante que es crear arte, para nosotros mismos como artistas y para el mundo porque podríamos cambiarlo, mejorarlo, y eso es lo que quieren evitar, nos educan para ser robot y dedicarnos a un trabajo para poder pagar nuestra vida dedicada a ellos, a los que nos miran desde su pedestal de dinero y poder.

Miguel me ofrece su ayuda en cuanto Lorena se da la vuelta refunfuñando, pero sin mirarle si quiera me levanto y voy con paso rápido hacia el baño, aunque parece que mi cuerpo se mueva más lento como a través de agua y pese el doble. En cuanto la puerta se cierra mi boca se abre para coger una gran bocanada de aire y empiezo a hiperventilar.

Me hecho agua en la cara, cierro los ojos, intento controlar la respiración, me masajeo el pecho con una mano justo sobre el corazón que parece que quiere huir corriendo de mí, aprieto con los nudillos haciendo círculos despacio e intento recitar algún poema de Pizarnik para despejar mi mente y olvidar la ansiedad. Olvidar sentirme una inútil, una inadaptada. Olvidar que no tengo a nadie en quien refugiarme. Olvidar que odio despertarme cada mañana, hasta que por fin vuelvo a casa y puedo vivir un poco. Alejandra también tenía que hacer trabajos que odiaba para pagar las facturas, sobrevivía como podía para poder vivir para la poesía, aunque no es el mejor ejemplo a seguir… Tardo unos minutos en abrir los ojos y suspirar más relajada.

A la vez que me aflige este sufrimiento inútil temo perderlo, temo conseguir formar parte de la sociedad como una oveja más en el rebaño y dejar de necesitar compulsivamente lo único que me hace sentirme viva, la literatura, y si algún día dejo de leer y escribir sería como morir, perdería lo mejor de mí. ¿Acaso hay que sufrir para dedicar la vida al arte? No lo sé, nunca lo sé...