13/6/16

Veinte euros de parking por hacer compañía a un familiar enfermo

Me gusta la comida de hospital porque no tiene ni una pizca de sal, yo cocino igual. Es lo único que me gusta de los hospitales. Una cucharada para mi abuelo, una cucharada para mí, como con un niño pequeño hay que conseguir que coma. En algún momento llegamos a nuestro esplendor mental-intelectual, nuestra cumbre, depende de cada uno cuánto tiempo logramos mantenernos ahí, y después caemos en picado -desandando todo el camino sufrido- hasta el subsuelo y tener que volver a usar pañales y babero. Somos tan frágiles. Solo una incómoda cama y los tubos enganchados al cuerpo nos separan de la sábana de tierra. Cuando me grita que ya no quiere comer más, realmente enfadado y harto de mí, es momento de dejarlo, pero solo en ese exacto momento en que notas que si le metes una cucharada más de comida va a escupírtela. Pastillas. Agua. Finge que se atraganta para darme pena y justificar que ya no puede comer más porque no le entra ni agua, se moja la bata y esconde una sonrisa infantil en sus ojos cansados. Le doy unas palmaditas en la espalda y bajo a comprar algo para refrescarme. En realidad es para distraerme y estirar las piernas. Bajo andando y subo en el ascensor bebiendo un zumo. Justo cuando entro en el pasillo donde está su habitación veo a las enfermeras cerrar su puerta. Corro un par de metros, llamo y abro.

- Perdón, pero...
- Tienes que esperar fuera. - Me corta una enfermera con cara de pocos amigos.
- Lo sé, solo...
- Tienes que esperar fuera. -  Repite como un robot estropeado con hastío en los ojos pero sin verme.
- Ya, solo quiero...
- ¡Tienes que esperar fuera! - Se me traba la lengua con todos los insultos que conozco y solo soy capaz de mirarla con un asco infinito y ganas de saltar sobre ella y estampar su horrible careto contra la pared.
- ¿Qué quieres? - Dice otra, al ver que no voy a ceder.
- Mi abuelo tiene el camisón mojado, si se lo podéis cambiar para que no coja frío. ¡Ya está!

Y cierro la puerta. Es cierto que todos podemos tener un mal día, aunque esa mujer tenía cara de vivir en un mal día continuo, de ser ella el jodido mal día, pero si trabajas con gente enferma y familiares cansados y preocupados tienes que controlar tu carácter y tus emociones, tienes que ser amable porque me importa una mierda que tengas un mal día, yo también lo tengo, llevo todo el fin de semana sentada en un sillón incómodo escuchando desvaríos, puede que estés cansada de cuidar enfermos pero al menos no son tu familia. He conocido muchos médicos y enfermeras y hasta ahora no he visto un punto medio, o son bordes y hasta maleducados o son amables y simpáticos. Recuerdo una vez que tuve que ir a urgencias por una reacción alérgica, me encontraba fatal tanto física como emocionalmente y la mujer que estaba de guardia en urgencias me hizo sentir peor, estaba tan sensible que casi me hace llorar solo por pedirle una baja o una recomendación de reposo para no tener que ir a trabajar y la mujer casi se rió en mi cara mandándome a la mierda. "Yo no puedo darte nada, tienes que ir a tu médico", "Pero me encuentro muy mal y en dos horas tengo que ir a trabajar", "Pues vas". Otra vez una mujer muy simpática me recomendó en un papel doce horas de reposo, sabía que podían hacerlo pero no le salió de su santo coño cavernoso hacerme el favor, si solo me miró una vez cuando entré y no volvió casi a prestarme atención. La recuerdo con cuernos y ojos rojos. Terminan con mi abuelo y puedo volver a entrar.

- Ya estaba seco así que no le hemos cambiado.
- Vale, gracias.

La otra ni me mira a la cara al salir. Me siento y abro el libro por donde lo había dejado, en medio de un relato. Mientras mi abuelo y su compañero se empiezan a quedar a dormidos. Un par de horas de paz, por fin.