17/2/16

La vida real de las personas irreales

Hemos creado una sociedad basada en el dinero, en el trabajo para conseguirlo, valemos la cantidad de horas que podemos convertirnos en robot y producir y producir y producir para la empresa. Somos esclavos de nuestras obligaciones que hemos convertido en necesidades y al final nos conformamos con lo mínimo porque una vez que nos han atado las cadenas al cuello damos las gracias por poder respirar. Nuestra vida se reduce a las más básicas necesidades humanas y las obligaciones sociales. Pensad en vuestro día a día. 

Ayer me levanté a las ocho de la mañana, estuve ocho horas trabajando, súmale la media hora de ida y otra de vuelta del trabajo y la hora de la comida que paso también en la oficina de la que me sobran veinte minutos para leer un poco. Luego hice la compra y estuve cocinando, soy pésima en la cocina, conseguí hacer una tortilla de espinacas para comer hoy y la basura se zampó un pastel de acelgas y la hora que tardé en hacerlo. Después, ya a las nueve, me metí en la ducha, al terminar calenté una pizza, me sequé el pelo y a las diez de la noche me senté en el sofá, sin ganas de leer ni encender el ordenador ni hacer nada, me puse Gran Hermano mientras cenaba cansada, luego la llamada de turno al novio y a las once y media ya estaba en la cama, mirando el techo con ganas de llorar de rabia, cabreada conmigo misma y con el mundo entero, un día desperdiciado, un día muerto ya, que nunca volverá, perdido para siempre, un día menos de mi vida, un día pasado trabajando y cocinando y haciendo el gilipollas sin hacer nada que valiera la pena de verdad. ¿Qué tal fue vuestro puto día de ayer?

¿Nos creemos eternos? Porque la vida se acaba, el tiempo tiene fin para nosotros y nos atrevemos a desperdiciar nuestra vida, a crear una sociedad que destruye nuestro tiempo y nos despersonaliza, a dejarnos alienar sin luchar, a amoldarnos a este mundo sin intentar hacerlo mejor, a ser solo trabajadores. Yo, que sobrevivo del arte de la literatura y tengo esa llama en mi interior, que sólo me siento real cuando leo o escribo, que tengo una necesidad trascendental que me atormenta y me salva, no sé si podéis entenderme si no sentís este desgarro interior, siento terror en esta sociedad que quiere esclavizarme y robarme mi tiempo que es lo más valioso que tengo, no el dinero, el jodido tiempo para vivirlo, porque el dinero no se vive joder, el dinero sólo se gasta. 

Y ahora estoy aquí otra vez en el trabajo, ya es miércoles, aunque da igual, los días se mezclan y se parecen tanto... estoy escribiendo porque lo necesito, como el aire que respiras, lo necesito porque debo encontrarme y no perderme en las rutinas y obligaciones y vuestra sociedad monstruosa, ahora mismo no estoy haciendo lo que debería hacer y estoy haciendo lo correcto, porque lo que está mal sois vosotros, es todo lo demás. Quiero escribir, quiero leer, quiero escribir escribir escribir escribir y leer leer leer leer leer y no tengo tiempo, MI tiempo y no lo tengo. Pero tengo dinero, para comprarme libros que cogerán polvo y adornarán mis estanterías. Qué bonitos son, seguro que por dentro también. 

Tantas veces me pregunto si vale la pena, parece que lucho por sufrir, por estar despierta y ser consciente y sentir este dolor, creo que lo llamaré inteligencia-inquietud intelectual-¿amor al arte? Sí hay amores que matan, la recompensa es tan efímera, con lo fácil que parece dejarse llevar y sólo tendría que dejar de escribir, dejar esto, y ser normal. A veces no le encuentro sentido a nada. Ni siquiera tengo talento, nunca seré escritora, nunca seré poeta, sin tiempo ni obsesión para mejorar y sin genialidad no seré nada, solo me queda ser mediocre. 

Nunca seré como ellos, no podré ni intentarlo, no podré vivir por lo que amo.
Odio no controlar mi vida y tener que conformarme con esto.

"En sus diarios, Kerouac va anotando el número de palabras que escribe cada día, costumbre que he visto en otros escritores, sobre todo anglosajones, y se muestra abatido cada vez que se queda en 1000 o 1500 y exultante cuando llega a 3000 o 4000. Teniendo en cuenta que un folio contiene unas 500 palabras, me resulta difícil de asumir que Kerouac considerara malo el día en que solo había escrito tres folios. ¿Cómo le podían parecer pocos? Y el suyo no es un caso aislado ni de los más graves: también Mircea Eliade se lamentaba en sus diarios de la lentitud de su ritmo de escritura, ¡que era de entre ocho y diez páginas al día!, y esta noche, leyendo la semblanza que Paul Johnson le dedica a Sartre, descubro que el filósofo existencialista escribía 10.000 palabras al día (¡20 folios!) y no por ello prescindía de mantener varias amantes, beber a espuertas, participar en todas las polémicas de la Francia de la época y leer como mínimo doscientos libros al año. Es increíble. Leer este tipo de datos me desespera. Está claro que la figura del escritor declina, al menos eso es lo que pienso cada vez que me miro al espejo." Batania

Creo que quería hablar de otra cosa pero a veces hay que escribir sin más.