9/4/15

- mi pequeño secreto -

Al principio no sabíamos que teníamos que temerlos, pero muy pronto nos dimos cuenta de que no habían venido para salvarnos. 

....
Cuando oscurece y perdemos la esperanza de pasar una noche resguardados del frío y del peligro Uriel ve algo a lo lejos entre los árboles. Gracias a la luna llena puedo verlo después de correr un poco tras él. Una cabaña de madera, un poco envejecida pero resistente. Al llegar cerca nos detenemos un momento y escuchamos, si hubiera alguien dentro tendríamos que discutir qué hacemos, tal vez pedirle ayuda una noche o simplemente matarlo o irnos, la última opción es la que menos me gusta. Yo no escucho nada pero me fío más del oído de Uriel, le miro y niega con la cabeza. Sonrío y ando hacia la cabaña con él a mi lado, se me adelanta para abrir la puerta y entrar primero. Rompe el manillar que está cerrado con un simple giro de muñeca y nos adentramos en la oscuridad. Enciendo la linterna para poder moverme cómoda, es una casa pequeña, con lo básico, yo recorro el piso de abajo mientras él sube al segundo donde estarán las habitaciones, luego nos juntamos en la cocina.

- Vamos a buscar si hay algo comestible. - Le digo.

Él no necesita comer pero mis tripas empiezan a rugir y me quedan ya pocas reservas en la mochila. Me ayuda a registrar en todos los armarios y cajones, al terminar me siento en una silla mirando lo único que hemos encontrado, latas de comida para gato. Uriel me pasa una cuchara y me observa impaciente, no entiende mi reticencia ni pienso explicársela, "es comida", dice, "come". Suspiro y abro una lata, huele a pescado, no muy mal, cojo una cucharada y cierro los ojos, me imagino que es algún manjar exótico y me lo meto en la boca, mastico, el sabor es un poco fuerte pero no está tan mal, con dos cucharadas más ya me he acostumbrado. Es una pena que los ángeles no coman y no necesiten restaurantes en el fin del mundo. Se me escapa una carcajada, más de pena que de risa, y él arquea una ceja, no deja de mirarme ahí de pie y en silencio, yo sigo masticando y tragando.

Cada día que pasa la tensión aumenta, nos estamos acercando al campamento de ángeles, él podrá vengarse de quienes lo traicionaron e intentar recuperar su lugar, yo voy a ayudarle porque también tengo algo que hacer allí, alguien de quien vengarme, y él deja que vaya porque no puede deshacerse de mí, y espero que su ala rota no se cure para que eso no cambie. Parece casi imposible pero noto miedo en sus ojos cuando le pillo desprevenido perdido en sus pensamientos, yo también estoy asustada, pero este es el único camino que podemos seguir aunque nos lleve a la muerte. Lo único que me inquieta es si cuando lleguemos allí volveremos a ser enemigos, y sobrevivir, claro.

- Voy a bajar un colchón para dormir en el salón, será más fácil y rápido escapar desde abajo si ocurre algo.

Observo su espalda al salir de la cocina, con las alas plegadas, parecen mucho más pequeñas de lo que son en realidad. La que está rota la lleva atada con tiras de sábanas, hice lo que pude para sujetársela bien, dice que se curará sola con el tiempo, todavía recuerdo en los dedos cómo era el tacto de sus plumas blancas, tan suaves, jamás he tocado nada igual, me hacía sentirme bien, en paz, viva, cada vez que las miro deseo acariciarlas y me cuesta contenerme pero creo que sería extraño e incómodo y dudo que le gustara, he notado que rehuye el contacto conmigo, últimamente incluso mirarme a los ojos lo evita. Aunque por las noches, cuando cree que estoy dormida todo cambia y me odio a mí misma por desear siempre que el día acabe rápido.

Cuando termino de comer voy al salón y no está nada mal lo que ha montado, el colchón cabe justo entre el sofá y el mueble de la tele, que está tirada en el suelo y rota apartada en una esquina. Y encima del colchón hay una montaña de mantas, parece que ha bajado todas las que había en la casa. Sonrío y se lo agradezco, aunque no me contesta, lleva unos días muy huraño y gilipollas. Está tumbado en el sofá bocabajo y aunque tiene los ojos cerrados sé que no está dormido, incluso dudo de que los ángeles duerman. Me quito la chaqueta pero no los zapatos, es lo más importante si tenemos que salir corriendo, y me tumbo entre las mantas. Una noche calentita y cómoda es el paraíso. Suspiro y cierro los ojos pero tardo en dormirme, pese al cansancio físico tengo la mente demasiado agitada, en alerta siempre por el miedo.

Cuando empiezo a estar adormilada, ni dormida ni despierta, las dos cosas a la vez, se me ralentiza la respiración y me relajo, a través de la neblina del sueño noto cómo Uriel se mueve y baja al colchón, primero me rodea con su brazo, por encima de las mantas, y luego descansa su ala sana sobre mí, su cuerpo desprende calor natural, es como una estufa, y me acurruco contra su pecho. Ya no recuerdo cuándo dormía sin él, al principio solo lo hacía cuando no encontrábamos refugio y teníamos que dormir al aire libre, sin su calor creo que no habría sobrevivido, pero poco después cogió la costumbre de hacerlo siempre aunque esté arropada y no lo necesite. Pero sé que si dejara de hacerlo lo echaría de menos.

Antes de caer profundamente en el sueño saco un brazo de la manta, lo pongo sobre el suyo, acaricio su mano y entrelazo nuestro dedos. Sus plumas me rozan la piel de la mano desnuda y me duermo al instante envuelta en calor y paz, no llego a notar cómo se detiene su respiración un segundo antes de abrazarme más fuerte.

Al despertarme con la luz del sol ya no le tengo a mi espalda y reprimo el dolor que me causa. ¿Por qué se esconde de mí? ¿Por qué no me deja ver su lado bueno? ¿Por qué las relaciones entre ángeles y humanos están prohibidas? Maldigo a Dios, su maldito Dios en el que me niego a creer, y me levanto. Desayuno una barrita de cereales, guardo las latas de comida y salgo para encontrarle fuera, esperándome, nos vamos para seguir con nuestro camino suicida. Pasamos toda la mañana sin hablar, hasta que el cabreo me hierve la sangre y necesito detenerme a descansar, me duele la cabeza.

- Eres un gilipollas, ángel. - Uriel me mira sorprendido y confundido, pero las emociones solo duran un segundo en su rostro antes de volver a ser frío y duro como un roca.
- ¿Y ahora por qué te has enfadado, niña?
- ¡Porque eres gilipollas!

Le doy la espalda y me siento en un árbol caído, bebo agua, me como otra barrita, y siento sus ojos clavados en mí cada segundo. Cuando me levanto y me doy la vuelta le tengo justo a mi lado, tan cerca que me asusto y casi me caigo hacia atrás, me sujeta por los codos para estabilizarme y me suelta rápido pero no se mueve. Su ceño está fruncido, sus ojos verdes brillan, tiene las pupilas dilatadas, y cuando me fijo en sus labios me humedezco los míos. Debería dejar de mirarle, debería dejar de mirarme, deberíamos movernos y alejarnos, no entiendo nada, solo sé que él no va a acercarse más ni a alejarse primero, simplemente lo sé, y yo estoy paralizada, casi aguantando la respiración. El graznido de un pájaro me saca de mi estupor y doy un paso atrás, le miro a los ojos y por primera vez desde hace semanas me sostiene la mirada. Hay algo ahí solo que no consigo descifrarlo, ojala fuera tan sencillo como hablar con él pero es hierático y parco, me saca de quicio. Le doy un empujón para quitarle de en medio y sigo caminando. Si se ha movido es porque ha querido no porque yo sea tan fuerte como para moverlo. Me sigue en silencio. Lleva cuatro días hablando solo lo justo y necesario, en cualquier momento me pondré a gritar. Tampoco es que antes fuera muy simpático pero hablábamos de trivialidades o planeábamos una y otra vez nuestra venganza. Cada día le noto más lejos de mí, aunque esté a mi lado, y me siento abandonada.

Por la noche estoy que me tiro de los pelos, y tras dos horas andando en la oscuridad sin encontrar refugio no puedo más con mi cuerpo, me duelen mucho los pies y le tengo que pedir que paremos ya. Encuentra un lugar frondoso con árboles y matorrales que puedan escondernos un poco y nos paramos ahí. Me quito la mochila y me desplomo contra un árbol. Abro una lata y me la como, no sabe muy bien pero solo quiero terminar cuanto antes para poder dormir. Me enjuago la boca con agua para quitarme el sabor y me pongo pasta de dientes en la lengua. Uriel se acerca y me mira con los brazos cruzados, he intentado ignorarle pero ya no puedo más, ojalá no necesitara su calor, ojalá no quisiera tanto que llegue este momento. Me aparto del árbol para que se ponga detrás de mí y dejo que me abrace y me pegue a su cuerpo. El calor me envuelve y no puedo evitar suspirar. Cuando empiezo a quedarme dormida noto sus dedos entre mi pelo, peinándome, acariciándome. Lo último que pienso es cuánto le odio y cuánto me gusta.

De repente algo me mueve, me despierto sobresaltada y Uriel me aparta para levantarse, luego me incorpora de un tirón, me tambaleo y me froto los ojos, está tenso y alerta, se pone delante de mí y saca la espada.

- No sé si son perros salvajes o lobos pero nos han olido y se están acercando, prepárate, aunque creo que solo son tres.

Me espabilo en un segundo y saco mi machete de su funda, intento ponerme a su lado pero me empuja hacia atrás con un brazo. Antes de poder quejarme escucho sus gruñidos, cuando aparecen corriendo se lanzan hacia nosotros desesperados, a saber cuánto llevan sin comer. Uriel se encarga de dos y el otro viene a por mí. Parece enloquecido, pese a su delgadez que le marca las costillas siento el miedo corriendo por mis venas, como siempre antes de una pelea, más si es a vida o muerte. Se lanza hacia mis piernas pero consigo esquivar por poco su mordisco, cuando sus mandíbulas se cierran con toda su fuerza el sonido retumba en mis oídos, estoy totalmente centrada en él. Me rodea y giro para no perderle de vista, busca por dónde atacar, y yo también. Nos tensamos a la vez y cuando salta no me muevo, sus garras se enganchan a mis brazos y antes de que sus dientes alcancen mi cara le clavo el machete en el estómago y lo desgarro. Ambos caemos al suelo, él suelta un quejido mientras se desangra rápidamente y se le salen las tripas sobre la tierra. Contengo una arcada y aparto la mirada, Uriel también a terminado su pelea y viene corriendo para ayudarme.

Me lleva en brazos hasta un claro y me deja en el suelo con cuidado, por más que le digo que estoy bien parece no escucharme. Me quita la chaqueta, rota, y me levanta las mangas para curarme las heridas. Solo son unos arañazos que no duelen mucho. Saca el botiquín de mi mochila, me limpia con agua oxigenada y luego las envuelve con una venda. Y se queda ahí, de rodillas delante de mí, sujetándome los brazos y mirando las vendas con aspecto torturado. Hace tanto que no me toca que me da miedo moverme o decir algo y romper el hechizo en el que se ha sumido. Pasan minutos, observo cómo parpadea despacio, más minutos, coge aire y parece que va a hablar pero no. No sé cuánto tiempo pasa cuando por fin vuelve en sí.

- No deberías venir, esto cada vez me parece peor idea, estás suicidándote. - Suena enfadado pero sigue impasible, estoy harta de él, le empujo y me levanto.
- Si no quieres que sigamos juntos lo haré por mi cuenta, últimamente parece que me odias y no sé por qué, ni me miras ni me hablas, pero ya me da igual, estamos cerca, puedo llegar sola. - Intento parecer fuerte aunque tema perderle, pero la máscara de chica dura falla cuando se levanta y clava sus ojos en los míos, tan cerca que siento su respiración.
- ¿Crees que quiero estar sin ti? - Su voz es un susurro. Me armo de valor y...
- Creo que tienes tanto miedo de estar conmigo que sí, prefieres estar sin mí. - Que la verdad salga a la luz por fin y que sea lo que tenga que ser, pero se acabaron los juegos y los secretos. Su máscara también cae y veo tristeza en sus ojos.
- ¿Crees que de verdad sería capaz de dejarte? Después de todo este tiempo... pero me da tanto miedo que mueras, no podré protegerte siempre. Y tampoco puedo... no puedo...
- ¿Qué? - Vamos, dímelo, por favor, dilo. Contengo la respiración.
- Quererte... Está prohibido. - Da un paso atrás y antes de que se aleje no lo pienso y lanzo mis brazos a su cuello para sujetarle, le agarro del pelo y le obligo a seguir mirándome.
- A la mierda todo.

Y le beso. Sus labios arden, durante unos segundos se queda quieto y temo que me rechace pero entonces los abre y nuestras lenguas chocan, con un ansia que no sabía que sintiéramos. Le saboreo, le respiro, recorro su duro cuerpo con las manos, y me atrevo a acariciar sus alas, gime en mi boca, me levanta y enredo las piernas en sus caderas, noto lo excitado que está, le muerdo el labio y me aprieto contra él todo lo que puedo. Cuando tenemos que separarnos para respirar apoyo la cabeza en su hombro, me siento aturdida.

- Estamos condenados.
....

Sí, también escribo relatos de mierda sobre seres sobrenaturales que adoro: vampiros, hombres lobo, ángeles... me encantan los amores imposibles y los mundos de fantasía, son mi debilidad y me lo paso genial escribiéndolos y leyéndolos. He estado toda la mañana escribiendo esto en el trabajo, hoy no estamos ni la mitad de la oficina y me lo estoy pasando muy bien.