3/3/15

Se me corre el rimel y todavía no he tenido tiempo ni de sonreír

Yo me imagino el infierno como un montón de cuerpos apretujados en un espacio reducido, tantas y tantas pobres almas condenadas, pasando un calor asfixiante, con una inmovilidad claustrofóbica, en un viaje sin fin. Más o menos como montar en el metro por la mañana. Hay que expiar nuestros pecados con sudor, desintoxicarnos hasta del último gramo de sueño que nos quede, y no hablo de las marcas de las sábanas que se difuminan lentamente de la piel. Podría decir que te acostumbras pero mentiría, cada mañana siento el mismo asco y temor a entrar en ese vagón, a ser manoseada y vapuleada por desconocidos, a empezar el día con odio, nauseas y sudor. Se me corre el rimel y todavía no he tenido tiempo ni de sonreír.

Otra mañana igual. El fin de semana parece un descanso, una salvación, pero solo es un atisbo de libertad, una broma cruel, tener el caramelo en los labios y que te lo quiten nada más saborearlo, una y otra vez. Respiro hondo, empujo a un par de personas para hacerme paso - hay que imponerse o te dejan fuera - y subo.

Me gusta observar a las personas y encontrar sus taras, todo el mundo tiene alguna, mueven los labios hablando solos o tarareando música, tienen tics en el rostro o en las manos, hablan demasiado alto por teléfono, suspiran y resoplan y no paran de moverse como si fueran a conseguir más espacio... Son una fauna extravagante y grotesca, divertidos como un chiste de humor negro.

Primera parada, me aparto para dejar pasar, me empujan por delante y por detrás, alguien me tira del pelo, por un segundo puedo respirar hasta que empieza a entrar gente otra vez. Alguien se aprieta contra mi espalda. Las puertas se cierran, el tren arranca, entramos en el túnel, puedo verle reflejado en los cristales mirando de reojo, es un hombre alto, delgado, con perilla recién afeitada, mandíbula marcada, bonitos rasgos, ojos oscuros. Le veo sonreír discretamente y siento unos dedos rozando mi muslo, suben hasta colarse por debajo de la falda, doy un respingo, una curva me hace caer sobre él, su mano acaricia mi culo, aprieto las piernas y contengo un gemido cuando la punta de sus dedos se meten por el borde de las bragas. Noto su dura erección. Debería apartarme pero ni puedo ni quiero hacerlo.

Segunda parada, me agarra de la cintura para no separarnos con el ajetreo de la gente entrando y saliendo, hasta que el tren vuelve a arrancar. Metiendo una rodilla entre mis piernas me abre para él, no intento volver a cerrarlas, primero me acaricia por encima de las bragas, están muy mojadas, me muerdo el labio para no hacer ruido, por fin aparta la fina tela que nos separa justo antes de que empezase a suplicarle, cierro los ojos y ahogo un gemido en la garganta, me muevo un poco para facilitarle la penetración, la necesito ya, pero primero me acaricia hasta empaparse bien los dedos y luego me los mete, hasta dentro, y empieza a follarme con ellos.

Tercera parada, tiene que detenerse y se me escapa un gruñido al sentirme vacía, escucho una ligera risa suya, vuelve a sujetarme fuerte y siento su gran erección contra mi culo, lo muevo contra él y su brazo me aprieta más fuerte, me está abrazando, su respiración acelerada me acaricia la mejilla. Cualquiera que nos vea pensará que somos pareja y ni siquiera conozco su nombre. El tren arranca sin llenarse esta vez, maldigo por dentro, no puede volver a meter la mano bajo mi falda o nos vería cualquiera, pero sigue abrazándome.

De todos modos en la siguiente parada me bajo. Ninguno dice nada, creo que no quiero estropear la magia con nombres y números de teléfono y una relación que acabará mal inevitablemente, como todas, aunque podría ser bonito mientras dure, pero en este momento parece que ninguno queremos arriesgarnos. Los altavoces anuncian la próxima parada. Sí hay algo que quiero de él antes de irme, me doy la vuelta, le miro a los ojos y le beso, nos devoramos la boca con nuestro primer y último beso, hasta que el tren se para y tengo que bajar corriendo. No me giro para despedirle y verle marchar, aunque tengo la sensación de que él me está mirando hasta que doblo la esquina hacia las escaleras mecánicas y el tren sigue su camino.

Al llegar a la oficina lo primero que hago es entrar al baño y masturbarme hasta correrme pensando en él, sea quien sea, y espero que él haga lo mismo.