18/1/15

"La muerte siempre al lado. Escucho su decir. Sólo me oigo."

Nada más abrir los ojos sé que hoy no va a ser un buen día. Noto un sabor metálico en la boca, me mojo con la punta de la lengua los labios resecos y me incorporo sobre el colchón. Miro el móvil, la alarma sonará en tres minutos, odio despertarme antes de que suene, la quito. Subo la música en los altavoces que tengo por toda la casa, lo suficientemente alto para distraerme de mí misma pero que no moleste a nadie. Me arrastro descalza hasta el baño y me siento sobre la taza del váter. No soporto las costras y así siempre estoy abriéndome las heridas, me quito con la uña dos de los muslos y limpio la sangre. Me lavo las manos. Aliso la sábana que cubre el espejo y me paso rápido el cepillo por el pelo para desenredarlo.

No encuentro tazas limpias en la cocina, cojo la de ayer y la enjuago un poco. Desayuno un café bien cargado para soportar la mañana. Pondré el lavavajillas cuando vuelva. Elijo un vestido del armario, el único que tengo en todos los colores posibles, de azul para hoy, y botas de cuero.

Me pongo los cascos en el ascensor y enciendo la música, el volumen a tope, lo más lejos del mundo que pueda dejarme. No puedo vivir sin música, invadida por el ruido, por mí misma…

Me siento en la sala de espera. Siempre soy puntual y siempre me hace esperar, una vez incluso veinte minutos, no sé si me pone a prueba para ver si pierdo los nervios o si es así de cabrona sin motivos. Uno, dos, tres, cuatro… Tengo la sensación de que me paso la vida entera esperando, siempre dependiendo de los demás, de algo exterior o interior pero nunca yo, sin posibilidad de improvisación, sin libertad… Setenta y cinco, Setenta y seis…. Debería pedir un cambio de psiquiatra a una que al menos finja que le importo… Ciento noventa y siete, ciento noventa y ocho, ciento noventa y nueve, doscientos, doscientos uno…

- Ya puedes pasar, Tamara.

Me siento en el sillón de siempre mirando hacia la ventana mientras ella sigue escribiendo en su cuaderno, siempre está “tomado notas”, cómo me gustaría leerlas y ver que solo escribe una y otra vez cuánto odia su trabajo.

- ¿Qué tal llevas el cambio de medicación, has notado algún efecto secundario como mareos, insomnio, vómitos o cualquier malestar?
- Estoy bien y estable, me funciona sin problemas.
- Ajá, pues sigamos con ello.

Recojo la receta, nos despedimos escuetamente y me voy rápido. Mientras bajo por las escaleras me pongo los cascos y enciendo la música, pero en menos de una canción suena el aviso de que va a apagarse. Mierda ¿Se me ha olvidado cargarlo? No puede ser. No lo soporto, no puedo soportar el caos del exterior, joder. Y hoy estoy demasiado sensible, ya sabía que algo malo tenía que pasar. Respiro hondo tras la puerta de la calle, es estúpido que un fino cristal me haga sentir a salvo, estoy rodeada de infiernos, dentro, fuera… Cuento hasta diez para relajarme, hasta treinta, y salgo. Tampoco es para tanto ¿no? Solo es gente ¿no? Camino mirando al suelo y acelero el ritmo, tengo un paseito de veinte minutos hasta el metro.

Atajo por un pequeño parque de jardines y al girar en una esquina me tropiezo con un hombre que también parece llevar prisa, no me caigo hacia atrás gracias a que me sujeta con sus grandes manos. Se tambalea hacia delante y huelo el alcohol que desprende todo su cuerpo. Intento soltarme pero me tiene agarrada.

- ¿Estás bien, guapa? Espero no haberte hecho daño.
- No, lo siento, iba sin mirar y con prisa, ha sido mi culpa.
- No te preocupes, preciosa, tropezaría contigo otra vez solo para sentir tu cuerpo junto al mío.
- Lo siento, pero tengo que irme, si me suelta...
- ¿De verdad? No quiero que te vayas, estás para comerte.
- Y tú estás demasiado borracho, ¡suéltame ya!

El corazón se me acelera cuando una mano me suelta solo para colocarse en mi culo, me sube el vestido y me aprieta las nalgas, siento ganas de vomitar. Por favor, por favor, joder, hoy no tengo fuerzas para soportar esto. Me lame el cuello y reprimo una arcada. Intento empujarle pero es como intentar apartar un muro, me muerde, sus dedos se cuelan entre mis bragas aunque intente cerrar las piernas con todas mis fuerzas y me penetra con ellos, del dolor se me saltan las lágrimas. Le doy un rodillazo en los cojones e intento correr pero no llego a dar ni dos zancadas cuando me sujeta del pelo y de un guantazo con el dorso de la mano me tira al suelo, siento el sabor de la sangre antes que el dolor.

- Si te vistes como una puta te tratarán como a una puta, tienes suerte de que no sea un violador porque si no te follaría aquí mismo. Zorra.

Me da una patada en la tripa y se va sin mirar atrás. Me pongo rápido de rodillas sobre el suelo y vomito la cena, el café y bilis manchada de sangre hasta que mi cuerpo deja de temblar. Me siento sucia, despreciable. Siento que quiero desangrarme aquí mismo y limpiar cada centímetro de piel… Y me siento caer... en la oscuridad...


Me limpio el vómito de los labios con un pañuelo y me levanto del suelo. Me sacudo la tierra que se me ha incrustado en las rodillas, salen gotitas de sangre de la piel, me seco las lágrimas. Sí que parecemos una puta tirada como basura. Puedo ver cómo el ser despreciable que te ha hecho sentir patética e indefensa se va a lo lejos, pero todavía puedo alcanzarlo. No te revuelvas en mi contra, no puedes detenerme hasta que haya terminado, cierra los ojos o mira pero déjame tranquila. Voy tras él, siguiéndole, esperando el momento en que pueda pillarle desprevenido y hacer con él lo que quiera. ¿Si no llevas todos estos años esperándome por qué tienes una navaja en el bolso? Así no puedo enfadarme contigo, es como si me recibieras con un abrazo. Pero, joder, estarías menos sola si no tomaras esa mierda de medicación, por tus miedos y tu debilidad yo sufro las consecuencias, deberías dejarme a mí para siempre. 

Le sigo un par de manzanas hasta un edificio. Así que vives ahí, bien. Corro el tramo que me queda hasta llegar a él mientras saca las llaves y abre la puerta. Consigo llegar antes de que se cierre y entro dando un portazo. Se gira, me mira y se ríe. 

- ¿Qué pasa, vienes a por más?

Dejo que se acerque hasta sujetarme del cuello y me arrastra hasta un cuarto donde están los contenedores de basura. Me  empuja contra la pared. El corazón se me acelera mientras se baja la bragueta y se saca su asquerosa polla flácida. 

- ¿Qué pasa, eres marica, por eso no se te pone dura, por eso no me has violado? 
- ¡Calla, puta! Te vas a enterar de lo que es un hombre...

Me da un tortazo y vuelve a abrirme la herida del labio, la sangre me gotea por la barbilla, me río mientras me aprieta el cuello, el pecho me va a explotar, quiero gritarle en la cara hasta reventarle los tímpanos, quiero arrancarle la piel para que nunca vuelva a sentir a nadie, quiero arrancarle el corazón y lamerlo. Empiezo a notar la falta de aire mientras él se masturba desesperado por ponérsela dura para poder metérmela. Se la agarro y cuando me mira sorprendido, cuando empieza a sonreír y soltarme el cuello, abro la navaja que tenía escondida en la otra mano y se la clavo en la base de la polla, antes de que se dé cuenta, con un giro de muñeca, se la corto y se queda colgando en mi mano, separada de su cuerpo. La sangre empieza a empaparle los pantalones, se cae al suelo, y antes de que empiece a gritar le tapo la boca y le corto el cuello. 

Le miro a los ojos mientras se desangra y cuando muere quito la mano de su boca y la pongo entre mis piernas, tengo las bragas mojadas. Me froto los labios, el clítoris, me recorre un escalofrío, ¿cuánto hace que no follas? Aparto las bragas y me meto dos dedos, gimo de dolor y placer. Hace mucho tiempo, parece. Me follo con los dedos y con la otra mano me froto el clítoris con violencia y en segundos me corro. Unas gotas de flujo me resbalan por la mano y caen en el cadáver. Joder, qué más da.