16/11/14

No me quedan consuelos para este cuerpo en descomposición latente

Se consume el cigarro entre mis labios, saboreo la ceniza, respiro humo, espiro una hora menos de vida. Todos nacemos moribundos. No me quedan consuelos para este cuerpo en descomposición latente. No puedo moverme del suelo, me pesan tanto los huesos que voy a caer hasta el centro de la Tierra y podré entrar en calor por primera vez en mi vida, hasta derretirme y ser solo un charco de miseria, sangre y vísceras. El infierno no está abajo sino dentro, en el hueco que deja el corazón podrido cuando ya no late más. En el silencio que deja el eco de su nombre al extinguirse. En la soledad de unos ojos que han llorado la última lágrima y pueden volver a ver que no queda nadie. En el último recuerdo, en los finales que no matan, que te dejan a mitad de nada, como caer sin estrellarse, como follar sin correrse, como amar sin tenerle.

El amor es lo más importante de esta inútil vida, somos sentimientos a flor de piel, somos nuestras emociones y a la mierda la razón, por eso nunca nos rendimos ni aunque estemos agonizando.

Todavía no estoy segura de que merezca la pena pasar por todo esto para nada, vivir para morir, existir para desaparecer, si al menos aguantar todo este dolor tuviera alguna recompensa valdría para algo, tendría algún significado, pero sufrimos solo para poder tener un día más, tal vez algún día de felicidad, hasta llegar al último y después ser la inexistencia absoluta. Qué sinsentido la vida, la muerte, la conciencia, estar aquí para nada, el tiempo limitado, cada segundo que debemos exprimir con ansia, con necesidad, con desesperación, porque solo somos tiempo perdido en medio de la eternidad.