11/9/14

Hay primeras veces que no deben llegar nunca

El primer amor. La adolescencia. El primer para siempre. Descubrir tu cuerpo y tu corazón. El primer te quiero de tus labios vírgenes mientras vas perdiendo la virginidad por cada centímetro de tu cuerpo, recorrido por él, colonizado por él. Esas cosquillas en el estómago que dan vida a los besos. Todas lo recordamos y sonreímos, es cierto que el primer amor es para siempre, que la primera vez nunca se olvida, que es dueño de un trocito de nuestro corazón eternamente. Ir de la mano con los dedos entrelazados, los abrazos más fuertes del mundo, besos con lengua hasta atragantarnos, las manos por dentro de la ropa interior descubriéndonos a escondidas, el mejor secreto del mundo.

Yo tenía quince años cuando conocí al mío, le recuerdo como si estuviera aquí mismo, esos ojos verdes, un pendiente en la ceja, labios carnosos, sus músculos bajo la ropa, era tres años mayor que yo y me volvía loca, la primera vez que me dejó desnuda... Todo un mundo por descubrir. Tantísimos recuerdos. La primera vez que me hizo llorar. El primer insulto porque me había puesto una camiseta con demasiado escote. La primera hostia, estaba borracho, yo no, y me negué a follar. Y hubo segundas y terceras y cuartas y quintas y docenas de veces después. Mi primer amor, mi primer maldito amor. He perdonado tantos imperdonables. Me besaba con ternura, me hacía el amor en su cama, y cuando se enfadaba me utilizaba como saco de boxeo, jodido amor. ¿Amor? No, alguien que te quiere nunca te hará llorar ni dejará moratones en tu cuerpo y heridas incurables en tu corazón. Pero yo ya estaba enamorada, luego asustada, y tardé mucho tiempo en poder escapar.

Cuando eres joven aprendes lo que es el amor, oh, sí, yo lo he aprendido muy bien.

Cuidado, chicas, no os enamoréis nunca.