18/8/14

La mente es nuestro peor enemigo cuando perdemos el control sobre ella

Tengo miedo de cerrar los ojos. Cuatro noches seguidas teniendo pesadillas es demasiado para mí. Acurrucada en la cama, con el cuerpo en tensión, mientras mi mente sádica juega conmigo, hasta que el miedo es tan terrorífico que consigo despertar sobresaltada. Ya parezco un fantasma más con estas ojeras y la piel gris cansada, moribunda. Todos los cigarros de más que me fumo por el estrés pasan factura en poco tiempo. No puedo ni leer, escribo esto de milagro, parezco un jodido cadáver andante. Pero si no respiro humo no puedo respirar.

Mi cabeza es como un puzzle agitado, con piezas perdidas, que muestra una imagen grotesca. Soy deforme por dentro, tras esta máscara de piel y huesos. Soy una cárcel de pesadillas que intentan derruirme, las emociones que me hacen sentir son tan fuertes que me acompañan durante todo el día, la angustia, la desesperación, el miedo, las ganas de llorar, de correr, de gritar. Al despertar tengo heridas en el labio de mordérmelo o arañazos en cualquier parte del cuerpo.

Otro cigarro. A veces enciendo el siguiente con la colilla del anterior, uno tras otro, como si quisiera asfixiarme, como si fuera un pequeño suicidio. Soy una pequeña suicida, siempre lo he sido. Toso. Bebo agua. Doy otra calada. Saboreo el humo en la lengua. Me acaricio los brazos para relajarme. Soy una historia ya contada, ya vieja, soy mi propio recuerdo, en secreto entre cicatrices está la verdad que me salva de la locura, de perderme a mí misma, en mí misma.

Las pesadillas solo significan que estás podrido por dentro. Tengo el horror agarrado en mis entrañas como una garrapata que me devora, estoy llena de miedos que sangran.

Ni siquiera el cigarro de después de masturbarme consigue que olvide las pesadillas, no puedo volver a cerrar los ojos, espero a que amanezca.