2/8/14

Con los pies hacia el cielo soy más libre


Estamos tumbados en la hierba, rodeados de patos, cuando él decide que está empezando a aburrirse, porque él siempre se aburre si está más de dos segundos sin hacer nada, y quiere ir al parque que tenemos delante a columpiarse. Yo me escandalizo mientras él se pone los zapatos. Vas a romper los columpios. Se ríe. Pero mira que hay niños y están sus madres, te dirán algo. Me dice que deje de preocuparme por todo y que vaya con él pero me quedo sentada mientras se levanta y le veo alejarse. Si hay algo que odio con todas mis fuerzas es llamar la atención de los demás, extraño porque siempre llevo el pelo teñido de algún color nada discreto, pero siento como si tuviera que moverme despacio y en silencio por el mundo, entre las demás personas, como un fantasma, como si temiera respirar demasiado fuerte, existir.

Pero al final cedo, aunque siento un nudo en el estómago pero me da más rabia quedarme sola mirando que hacer el ridículo con él, solo porque es con él, y me siento en el columpio de al lado, y poco a poco me impulso hasta balancearme sin tocar el suelo, y sonrío, aunque siento vértigo y hasta me mareo un poco, aunque tengo las cadenas clavadas en las palmas de las manos. Me impulso un poco más fuerte, me suelto el pelo y me relajo hacia atrás para sentir el viento, para despeinarme, el vértigo me sube hasta el pecho, tengo que cerrar los ojos, y sonrío.

- ¿Sabes? Tiene gracia. Cuando empecé con la psicóloga y tenía que salir todos los días a la calle a dar un pequeño paseo, para acostumbrarme a estar fuera otra vez, primero daba una vuelta a la manzana y cada vez más lejos, muy poco a poco, hasta que empecé a ir por las mañanas al parque que hay cerca de mi casa, donde iba a jugar de pequeña, donde hacía castillos de arena con mi abuelo y jugaba al escondite con mis amigas después de clase. Iba para pasear tranquilamente, con una agradable nostalgia, y un día que me encontraba cómodamente sola, en invierno solo iban gente con perros y viejos, no veía a nadie cerca, me subí a los columpios y estuve como media hora sin parar de balancearme, me sentía tan bien, tan libre, incluso por un segundo tan inocente como antes, aunque también muy muy sola. Pero volví, en momentos de tristeza para arrancarme una sonrisa, más de una vez, no recuerdo por qué lo dejé... si nunca he terminado de estar triste.