12/4/14

La venganza también puede servirse caliente

No voy a generalizar así que solo diré que YO cuando tengo la regla, e incluso normalmente días antes, soy una revolución de hormonas andante y en este cuerpo pequeñito cabe muchísima mala leche, que no siempre todo es malo pero casi, tengo cuatro personalidades de regla: la tristeza infinita, con la que entro en un bucle pesimista y depresivo hasta acabar llorando, estar sobreexcitada, tan cachonda que voy restregándome por las esquinas (de eso nunca se quejarán), convertirme en la persona más cariñosa y empalagosa del mundo, también necesito recibir la misma dosis de amor, y/o tener un cabreo monumental que ni con un milagro soy capaz de quitármelo de encima. Tengo la habilidad de pasar por arte de magia de una personalidad a otra en un pestañeo y que cualquier mínima cosa me haga cambiar de humor en un segundo, soy así de divertida e imprevisible, mi novio se lo pasa genial conmigo siempre pero a veces no quiere reconocerlo.

El peor de los problemas es cuando estoy en modo "odio al mundo" y ni yo me soporto a mí misma, puedo ser muy puñetera e hija de puta hasta sin querer, pero espero que él sí me soporte cualquier cosa "con la excusa de la regla" (como dice él, pero no es una excusa, ni es mi culpa, ni puedo controlarlo, ojalá, lo sabría si tuviera coño pero aun así en su condición de machito puede opinar sobre cualquier cosa) ...y no, no me perdona ni una, su humor va al compás que el mío, y eso me cabrea más: se avecina tormenta. Silencio, miradas de odio, un trago y otro trago y otro trago de cerveza. "Di algo", "Di algo tú", silencio, nos aguantamos la mirada hasta que uno se rinde, y otro trago y otro trago y otro trago de cerveza. Yo es que prefiero morderme la lengua por no lanzarme a su yugular, pero no me reconoce el mérito.

¿Que diga algo? Pues para animarnos voy a hablar de muerte y suicidios, porque así soy yo: el alma de la fiesta. Entonces descubro que mi novio conoce todas las formas habidas y por haber para suicidarse de forma indolora y siento un poco de miedo pero al menos ya estamos teniendo una conversación. Me relajo contra el respaldo de la silla y me atrevo a acariciarle la mano mientras escucho atentamente una forma de suicidarse sin sufrir y conseguir hasta que parezca un accidente. Este cabrón con el don de la palabra consigue maravillarme con cualquier tema, o será el amor. Le invito a las cervezas y nos vamos hacia su casa y en algún momento de ese trayecto de cinco minutos vuelvo a ponerme de mal humor. Él ya sólo con mirarme a la cara sabe cómo estoy, soy muy expresiva y ya es mucho tiempo juntos para conocernos a fondo, si tengo cara de asco es que estoy cabreada, se me pone rostro como de frígida anorgásmica.

Ya en su casa la tormenta explota, porque yo puedo masticar mi cabreo en silencio pero él no, él solo con verlo en mi cara ya no puede aguantarlo y tiene que saltar con sus gilipolleces, para rematarme, justo lo que necesitamos. "Es que tienes que esforzarte", (no me escucháis pero estoy imitando su voz de macho) "Contrólate que la regla no es excusa para que puedas hacer lo que quieras", "Eres una niña mimada y estoy cansado de consentirte cualquier cosa", "Si te duele pues te aguantas pero a mí no me jodas". Y yo ya, echando espuma por la boca. Por suerte odio discutir, yo soy más pasiva-agresiva y de ir acumulando el rencor. Le miro con odio, con esa última frase sobretodo clavada en el corazón, y me voy a ver la tele sin hablarle. Estoy tan cabreada y triste y aburrida que me quedo dormida en el sofá.

Una hora después...

Despierto de mejor humor y voy a intentar reconciliarnos, solo si él también pone de su parte y por suerte lo hace... tenía un plan B que no le habría gustado nada. Consigo sonreír, hablamos tranquilos, me sienta sobre sus piernas, nos abrazamos, rozamos los labios, nos besamos, y seguimos hablando ya relajados, conmigo a horcajadas sobre él. Me pongo muy cariñosa y necesito tocarle, acariciarle, y en un momento de silencio me lanzo hacia sus labios sin la intención de parar, son tan suaves y mullidos, los lamo, los muerdo, le beso, invado su boca con mi lengua, no quiero parar de besarle, es lo único que quiero hacer, y tocarle, mientras él acaricia mi pelo, mi espalda, y me agarra de las caderas para frotarnos. Yo solo quería darnos mimos y amor pero este hombre con un solo beso se pone a mil. Me quita de encima suyo, se pone de pie, se desabrocha el pantalón...

- ¡Yo te estoy dando besos y cariño y tú te sacas la polla y me la pones la cara para que te la chupe!

Le miro entre las piernas, se la menea un poco, le miro la cara, me pone ojitos y yo le fulmino con la mirada. En mi modo mimoso sin límites me siento ofendida, convertida en un mero objeto sexual cuando yo solo quería dar y recibir amor casto y puro. Le doy la espalda en el sofá cuando vuelve a sentarse y le rehuyo haciéndome la digna y la difícil hasta que consigue volver a abrazarme sobre sus piernas, pero no sonrío en ningún momento para que me tome en serio. Al menos durante unos minutos.

No puedo evitar volver a engancharme a su boca, pero esta vez no hay nada de inocencia en mis besos, y mis caricias bajan a sus pantalones, se cuelan dentro de ellos, por encima de sus calzoncillos, lo justo para escucharle suspirar y que mueva las caderas contra mí, descontrolado, mientras no le permito respirar con mis labios pegados a los suyos. Le acaricio con todo mi cuerpo y cuando me roza en el cuello con la barba yo también tiemblo un poco.

- Me estás poniendo cachondo aposta, ¿verdad?
- Noooooooo, cari, solo me apetece seguir besándote y no parar.
- No seas cabrona y dame amor de verdad, del bueno. Por favor o no aguanto.
- Bueeeeeeeeno, lo que sea por mi hombre.

Yo me quedo cómoda en el sofá, hago que se levante, que se baje él solito los pantalones mientras le miro y me relamo, con ojos de viciosa, que se baje los calzoncillos y entonces ya me ocupo yo de su monstruo ninfómano. Primero despacio, con ternura, beso a beso, lametazo a lametazo, poco a poco engulléndole, mientras le escucho resoplar, y cuando intenta empujarme la cabeza le doy un manotazo. A mi ritmo, que sufra un poco mientras le doy placer a cuentagotas y por dentro me río malévolamente. Me lo como como a un pirulo y disfrutando tanto como él...

- ¿Dónde están tu feminismo y tu mala leche ahora, mi putita? ¿Quieres que para terminar te folle un poco y me corra en tu coño como tanto te gusta? Si en el fondo eres tan viciosa como yo.

Le callo de un mordisco, aunque me encantaría hacer realidad lo que dice, aunque tenga razón, pero esa puntilla del principio va a tener que pagarla, y me dará el mismo placer joderle que dejarme joder. -Chicos, un consejo, nunca cabreéis a una tía que tiene vuestra polla en su boca.- Sigo centrada en él, al borde de la arcada, cada vez más acelerada, le acaricio los huevos, sigo, sigo, y sigo, con la risa haciéndome eco por dentro, hasta que empiezo a notar el sabor del semen, está a punto de correrse, y justo cuando me aprieta del pelo me la saco de la boca y le meto un dedo en el culo hasta el fondo. Se corre sobre mis tetas, da un bote, pega un gritito poco varonil y se tambalea hasta dejarse caer sobre el sofá.

- Hija de puta.
- Yo también te quiero.

Ese cabreo se lo va a comer él solito, por gilipollas. Me levanto, sonriendo, y mientras me voy hacia el baño para limpiarme me río cada vez más alto para que no deje de escucharme. La venganza también puede servirse caliente.