3/2/14

Corriendo me tropezaba menos que yendo de la mano

Una tarde de invierno
mi padre quería darle una sorpresa a mi madre
y llevarme a verla al trabajo
para que no hiciera el camino de vuelta sola
- o eso supongo,
sólo tenía cinco años -
Me puso los zapatos de charol, mis preferidos
Sujetó mi mano con la suya
Y salimos con brío de casa de mis abuelos
- siempre me quedaba con ellos,
cuando él nunca estaba -
Me costaba seguirle el paso
iba dando saltitos tras él
tropezando con mis propios pies
sin tregua
y veinte minutos después llegamos
yo cansada
él hastiado

Me solté de su mano en cuanto vi a mi madre
y corrí hacia ella
pero antes de llegar a sus brazos abiertos
tropecé y caí al suelo
- no recuerdo que llorara,
mientras mi madre se acercaba corriendo -
Me consolé con sus besos
y caricias en las rodillas doloridas

- ¡Pero David, cómo traes así a la niña!
- ¿Qué le pasa?
- ¿Le has puesto tú los zapatos?
- Sí, claro.
- ¡Le has puesto cada zapato en el pie equivocado! Pobrecita, mi niña.

Desde ese día aprendí a calzarme siempre sola
para no tropezar por errores de otros
y sentirme yo la culpable.