10/1/14

Llevo la tragedia dentro de mí

Un día me dijeron que escribiera una utopía y hablé de un mundo en el que no me tropezaría por llevar los zapatos en el pie equivocado, donde te enseñan que no amar es pecado y poner la otra mejilla es estúpido, donde es obligatorio que al menos una persona en el mundo te quiera incondicionalmente.

Después crecí y aprendí a vestirme sola, y a recolocarme la ropa interior con disimulo, pero nadie me enseñó a amar, ni a defenderme, y sin ayuda solo pude profundizar en el arte de soportar la resaca de intentar crecer demasiado rápido, cambiando la leche por vodka barato.

Nunca quise subirme a unos tacones por miedo a no poder salir corriendo en cualquier momento, pero luego el miedo me paralizaba y da igual quien creas que eres o lo que imagines sobre ti misma, nunca sabes cómo vas a reaccionar hasta que la situación te arrastra. Aprendí por las malas que aunque te quedes tan quieta que ni respires los monstruos siempre te encuentran, es imposible esconderse de ellos, y domesticarlos. Ahora fantaseo con poder sacrificarlos pero nunca puedo correrme imaginando su cadáver todavía caliente.

Y todavía me preguntan dónde dejé los zapatos de charol y la sonrisa perpetua, por qué siempre hay tormenta en mis ojos, qué le pasa a mi voz; siempre afónica de gritar en silencio. Pero no puedo contestar que la inocencia ya solo me parece un rol sexual un tanto enfermizo y que, perversiones a parte, la vida trata solo de fingir ser normal, y solo somos libres cuando nos quitamos todo el disfraz, pero poca gente puede verme así, solo vestida con mi piel y el rimel corrido. Por eso ya nunca salgo de casa, no sé cómo maquillar mi sonrisa si ya he roto todos los espejos y no siento las manos.