26/12/13

Una lágrima en el desierto



Ojalá pudiera controlar a los insectos que me devoran las entrañas, cuando mi niña interior juega con el barro y revuelve entre las ruinas de castillos de arena, y deja los gusanos desahuciados en mi boca deformada en un grito inerte. Se me atascan en la garganta, pero consiguen resbalar por el río de mis lágrimas, que nunca calman mi sed, y encontrar un nuevo hogar en mi cuerpo prisionero, por culpa de esa niña diminuta, que juega al escondite inglés con los recuerdos, que se acercan como estatuas resquebrajadas y terroríficas, empolvadas, desmembradas, que quieren abrazarla, sin brazos, y aplastarnos. Soy el Goliat derrumbado. Ella cuenta hasta el infinito y yo nunca puedo cerrar los ojos, mientras pisotean mi tumba de cristal, reflectante, un espejo que nunca miente.

Y me olvido de la forma de mi rostro, del color de mis ojos, ahogada por una lluvia de sangre, de mis manos intentando escapar, con la cuenta atrás del último latido de mi corazón moribundo, antes de que los monstruos lo aniquilen.