23/11/13

Mirarse a los ojos y sonreír

Un trayecto en la renfe, vuelta a casa. No me gusta la gente y menos estar rodeada de ella en un lugar con poco espacio, pero me gusta mirar, observar, acosar en silencio las vidas de los demás mientras están a mi alrededor. La gente que va sola es aburrida, pero los que van acompañados son como un libro abierto.

Una pareja ha llamado mi atención, estaban sentados delante mío, uno enfrente del otro, y desde el primer momento he notado la inmensa distancia que había entre ellos, pese a casi rozarse con las rodillas. Ella ha colocado cuidadosamente su chaqueta en el asiento de al lado, muy minuciosa, ha sacado su maquillaje del bolso, y mientras él llevaba las manos en los bolsillos, con los cascos puestos y la vista perdida por la ventana. Hasta que ella le ha dirigido la palabra ni si quiera había imaginado que iban juntos. Y ni hablando, o compartiendo algunas frases, se prestaban real atención.

Ella se ha puesto a maquillarse, una mujer muy coqueta, con su faldita y su pelo corto, y yo me he quedado casi hipnotizada viéndola echarse colorete y sombra de ojos y pintalabios... porque me acuerdo de mi madre haciendo eso mismo y de cómo la contemplaba adorándola hace muchos años ya., y se me ha quedado esa debilidad clavada en el corazón: ver a una mujer maquillarse. Raro que yo nunca lo haga... Creo que ella estaba enfadada, porque pobre de él si es tan insoportable e irritante y quejica siempre. Tras echarse el colorete se ha dado cuenta de que la brocha soltaba pelitos y se estaba manchando, imperceptiblemente; he de decir, su camisa blanca demasiado ancha para tan poco pecho, y me ha sorprendido que le regañara a él por no haberse dado cuenta y avisarla. Y él la miraba, miraba por la ventana, la miraba, y seguía escuchando música, mientras ella hablaba sola como si la estuviera escuchando sabiendo que no.

Parecían una pareja de las que llevan toda una vida juntos, de las que se enamoraron locamente al principio, pero luego la pasión y el amor se extinguieron lentamente, pero siguieron juntos, solo ellos saben por qué, y ahí estaban, sentados delante mío, juntos pero no revueltos, sin hacerse caso, casi sin mirarse, y sin compartir ni una sola sonrisa, ni un solo roce, nada más que el mismo vagón de tren, y media vida.